Ves los años pasar en tus manos, en la comisura de tu boca, en torno a tus ojos, en tus resacas, que cada domingo duelen más, en tus rutinas, que cada día parecen más aburridas. Pero ahí no duelen demasiado los años. Ahí sólo es necesario imprimir más fuerza a lo que haces, poner el acento en otras cualidades que no sean sólo físicas, o vivir siempre buscando nuevas alegrías.
Los años duelen cuando te roban la magia. Cuando dejas de intentar luchar por cambiar lo que no entiendes, lo que es injusto. Cuando el gris de la ciudad se te mete en las entrañas y tiñe también tu alma del color de la ceniza. Cuando la impotencia le gana la batalla a tus ganas. Cuando comienzas a pensar que la vida es tan injusta que no se merece que la sigas sonriendo...
Y ese es un dolor insoportable. Y no hay palabras que te ayuden, ni mano en el hombro que calme tu pena. Estás solo con tu dolor. Puedes abandonarte a él hasta que cese, hasta que el gris te anestesie de tal forma que deje de doler. O puedes luchar. Luchar aún sabiendo que es imposible. Luchar aún con la certeza de que la batalla está ya perdida. Luchar siempre con tu mejor sonrisa.
El que sepa leerte, sabrá que tras esas lágrimas, se esconde un abismo de dolor y una sonrisa.

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