esa otra que soy yo

23/8/16

culpable [poemas]

Me voy a regalar un rato,
para equivocarme,
sin el peso de la culpa,
que nadie pone en mí,
y que yo soporto,
pesada sobre mis hombros,
como aquel triste condenado,
que sostenía a hombros el mundo,
y cuyo nombre he olvidado.
No,
tampoco me culparé por eso,
por esta memoria voluble,
que olvida todo lo importante,
pero que no sabe no recordar,
cómo sonaban tus silencios,
a qué olían tus despertares.
No,
porque este es mi rato de regalo:
Tú no estás a mi lado
y yo no soy la culpable.

10/5/16

mes nueve · 2/2 · #12Fotos12Historias [fotografía / ficciones]


Silencio

Se oyen, a lo lejos, campanadas. Están llamando a misa, un funeral tal vez, o eso sugiere el tañido lento y quejoso. Una cabra extraviada atraviesa el paisaje y esconde la letanía de la iglesia tras el sonido de su cencerro.

Después, todo cesa. El silencio se pierde en el horizonte, que desde aquí se dibuja infinito; y se oye infinito.

No siento frío, pero el viento ulula sobre los campos y me estremezco. Todo tiembla. Las espigas se vuelven mar, olas verdes y doradas meciendo barcos sin patria a la deriva.

Como las manos de un amante, el viento me eriza la piel, me trae el olor de la tierra, la tierra negra que me ha visto crecer y que me verá morir. No siento frío. Cierro los ojos y me abandono al naufragio.

Sonrío.

El silencio es mío.

Fotografía: Julián Lozano [Cuervajo]
Texto: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]


9/5/16

mes nueve · 1/2 · #12Fotos12Historias [fotografía / ficciones]


Estoy listo

José abre los ojos al detenerse el carro. Respira hondo notando el frío de la mañana que le corta la cara. Baja despacio, seguido de otros tres compañeros. Anoche nevó, pero ahora un tímido sol da la sensación de calentar un poco la piel de cuero de su rostro. Con paso lento se dirige hacia la pared encalada y se recuesta en ella, con las manos detrás y vuelve a cerrar los ojos.

Recuerda que vivió no muy lejos de allí, en un pequeño pueblo a veinte kilómetros, el más pequeño de cuatro hermanos. La vida no era fácil en aquellos tiempos, y menos ahora. Salía cada mañana para ayudar a su padre, guiando las mulas hasta el campo. Sus hermanos mayores iban al lado, cabizbajos, arrebujándose en sus chaquetas raídas de pana que cubrían una camisa fina, con las manos en los sobacos para intentar calentarlas.

Recuerda las primaveras, cuando el trigo comenzaba a granar en el pequeño trozo de tierra que tenían y que había de servir de sustento para todo un año, para hacer pan, o para cambiar por algo de carne de vez en cuando. Casi puede ver el pequeño huerto que tenían en un pico de la tierra, que regaban a mano, sacando el agua de un pozo cercano de un vecino. Un poco de agua a cambio de unos tomates, alguna calabaza.

Pote de calabaza y patatas. Y pan duro. Y lo que daría por echarse incluso ahora a la boca un mendrugo de pan duro como una piedra. Y lo que daría por volver a ver los ojos de Manuela. Piensa que estará llorando seguramente sentada en la puerta de la calle, como cada día. Como le han contado.

Ay, Manuela, qué edad para quedarte viuda, amor. Qué puta vida esta, en la que los pobres son más pobres, y el amor dura lo que les dé la gana a otros. Y todo por un rumor falso sobre sus ideas políticas. Qué ideas vas a tener en un puto pueblo de cien habitantes, todos pobres como ratas, todos famélicos, si no puedes ni comer.

Abre los ojos al escuchar voces roncas, autoritarias. Cinco hombres forman delante de él, uniformados. Apenas puede verlos entre las lágrimas por el frío y los recuerdos, pero da igual. Tampoco quiere verlos. Sabe que esto acaba hoy.

- Estoy listo - dice con voz serena.

Fotografía: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]
Texto: Julián Lozano [Cuervajo]
Proyecto: #12Fotos12Historias

13/4/16

una pregunta para los hombres que deben leer también las mujeres

Presupongo la buena voluntad de las personas. Creo en el Hombre. Es lo que suelo responder cuando me preguntan por mi religión. Por eso confío en que, si alguien ve una injusticia, inmediatamente se va a posicionar en contra y va a tratar de evitarla.

Apuesto a que tú también. Apuesto a que estás radicalmente en contra de las desigualdades sociales, de la brecha entre ricos y pobres, de los abusos de poder. Incluso puede que te hayas movilizado contra ello. Agitando tus manos en alto en alguna plaza o gritando consignas en una manifestación. Crees, como yo, que podemos acabar juntos con lo que es injusto.

Con cosas más graves, eres aún más visceral. Te repugna la violencia y no entiendes que haya personas capaces de acabar con la vida de otro ser humano. Con lo bonita que es la vida, pese a todo. Quizá también te hayas manifestado contra el terrorismo, que, por desgracia, hemos sufrido muy de cerca en nuestra tierra.

Eres una persona comprometida, en contra de la injusticia y de la violencia. Activamente comprometida.

Las mujeres, la mitad de la población aproximadamente, vivimos en una situación permanente de desigualdad social: Cobramos menos y nos cuesta más llegar a puestos de responsabilidad. La violencia es una realidad cotidiana. Maltratos, violaciones y muertes se suceden en las noticias.

Y tú, comprometido. Activamente comprometido. ¿Qué haces? Tratas bien a las mujeres que te rodean y dices orgulloso «yo soy feminista». ¿Y qué más? ¿Ya está? ¿Ese es todo tu activismo para conseguir un cambio?

En mitad de esta inmovilidad, que ni si quiera es culpa tuya, es de todos como sociedad, no sufras, un grupo de mujeres ha enarbolado la bandera del feminismo y ha empezado a gritar que no hay más tiempo. Que nos morimos. Que nos matan. Que necesitamos cambiar, y cambiar ya. Que el sistema, por defecto, es opresor para con las mujeres y dota de derechos adquiridos a los hombres. Y esas mujeres les han pedido a esos hombres, a los hombres, que las entiendan, que las apoyen, que les dejen liderar un ascenso social y vital que deben hacer acompañadas pero solas. Porque el resto de la Historia la han escrito los hombres. Y esta vez nos toca. Haced espacio para que quepamos a vuestro lado.

El resto, es Historia. Hombres que se sienten atacados. Otros que quieren liderar su propia lucha. Mujeres que se sienten cómodas en su papel de protegidas o que, sin haber dicho jamás una palabra en defensa de la mujer, ahora tienen muchas para defender a los hombres. Otras que radicalizan el mensaje…

Al fin, la pregunta es: Hombre, si no te hubieran interpelado directamente, si no te hubiesen gritado «eres tan culpable como el resto, porque vosotros, los hombres, nos estáis matando a nosotras, las mujeres, unos con un cuchillo, otros permitiendo que suceda,» ¿estaríamos hablando de feminismo? ¿Estarías en una plaza levantando tus manos? ¿En una manifestación gritando consignas en favor de la igualdad de género?

Si nos es tan fácil ver que podemos y debemos hacer algo más para acabar con la desigualdad entre las clases ricas y pobres o el terrorismo, ¿a qué esperamos para hacerlo con la desigualdad de género? ¿Dejamos de defender estricatmente lo nuestro, lo que nos toca directamente, y nos ayudamos? Presupongo la buena voluntad de las personas. Creo en el Hombre.

Y en la Mujer.


[Entrada publicada inicialmente en Doce Miradas]

3/3/16

lo recuerdo bien [poemas]

Llevabas en tus manos la alegría de los días de tobogán y tiza,
de gallinitas ciegas,
de pilla-pilla,
de canciones de comba,
de tú la llevas,
de bocatas de nocilla.

Cuando me dabas la mano,
antes de echar a correr,
el mundo comenzaba a girar más deprisa,
lo recuerdo bien.

Saltamos y reímos juntos,
a los dos nos sangraron las rodillas,
y siempre, tras cada caída,
echábamos de nuevo a correr.

La vida era un baile sin melodía,
jugar al escondite bajo el sol
o encender la linterna bajo la manta si llovía.

Ahora que empezamos a escuchar acordes que suenan a despedida,
que no tenemos luces mágicas,
ni nadie nos busca entre risas...

Ahora que no bailamos sin música,
que no somos astronautas,
ni llevamos en el bolsillo nuestra piedra favorita…

Ahora,
dame otra vez tu mano de alegría:
Vamos a echar a correr.



1/3/16

hasta el último grito [poemas]

Cuesta no tirar la toalla en estos días
de fuego cruzado, promesas malditas,
de sálvese quien pueda y nadie toca mientras se hunde el barco.

Llueve desde que empezó el invierno
y es invierno cada lunes repetido
que escupe tu «no estás» al calendario.

Puedo continuar aplazando la alarma
pero sé que es tarde hace demasiado.
He pasado página dejando la esquina doblada
y aún me pregunto por qué vuelvo siempre a ti.

Ando tropezando con mis pies descalzos,
enfrentándome conmigo en los espejos,
retándome a seguir adelante
sin intentar mover un solo dedo.

Prometí amarte hasta el último grito
y me estoy quedando sin voz aullándole al abismo.

14/2/16

india es nombre de mujer [fotografía]



Posiblemente nunca hayas buscado la información activamente, pero la tienes. El sistema de castas indio está en tu cabeza, asociado a la pobreza. Sabes que existen los intocables, los impuros, los que están tan bajos en sus sistema de clases, que no tienen derecho a nada. Son invisibles y aún así tú conoces de su existencia. Como también conoces lo que significa ser mujer en un lugar así. No es necesario que yo te lo cuente.

Quizá además de estar al tanto, has hecho algo ya para intentar cambiar una situación tan injusta. Colaborar con una ONG, comprar productos de comercio justo, votar a partidos que no bloqueen por programa la colaboración internacional, manifestarte por los derechos de las mujeres aquí y allí.

No te voy a pedir cuentas. No te voy a dar datos, no te voy a explicar la situación. Porque la conoces. Y si no la conoces, tienes todo en tu mano para informarte y conocerla.

Sólo te pido que mires estas fotos, que les devuelvas la mirada a estas mujeres silenciosas, que hablan con voz propia de su historia. A estas mujeres valientes, que se ponen en pie cada día para luchar por su propia vida, por cambiarla, por cambiar la de sus hijas, por cambiar India.

Todas estas mujeres son India. E India se reescribe a través de ellas. Tan solo, míralas.

Y cambia con ellas.


«India es nombre de mujer» es un proyecto fotográfico, fruto de mi pequeña estancia en Anantapur, en junio de 2015, para conocer el trabajo de la Fundación Vicente Ferrer. Pretende ser un tributo a la mujer y a su lucha por empoderarse y ocupar el lugar que le corresponde en el mundo.

Dos fotografías del proyecto serán expuestas del 15 al 18 de febrero de 2016 en la Sociedad Bilbaina, dentro de la Semana de Humanidades, organizada por la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao. Es una suerte y un privilegio formar parte de esta exposición, pero sobre todo, haber conocido a esas mujeres, poder fotografiarlas. Y cambiar con ellas.

3/2/16

en el ascensor [ficciones]

Ya es mala suerte encontrármelo aquí, un día tan importante como hoy. Con el tiempo que llevo preparándolo, y aparece. En el fondo, sabía que lo haría. Quizá lo que tengo que hacer es irme. No me apetece aparentar normalidad con él y menos montar un número de los nuestros. A ver cuánto tardamos. Ha tenido que poner esa sonrisa estúpida según nos hemos topado al entrar. Creía que lo tenía controlado pero no, ha sido ver su cara en el cristal de la puerta y todos los músculos de mi cuerpo se han tensado, como un resorte.

De no haber empujado la señora de detrás para que la puerta giratoria siguiese adelante, me habría quedado allí clavado. Pero he reaccionado. Tengo que hacerlo. No me va a estropear el día. Voy a caminar con seguridad, con la frente alta. He venido a hacer lo que voy a hacer y no va a detenerme, ni él ni nadie. Lo tengo ya muy meditado, más que meditado, me va la vida en ello, se ponga como se ponga, voy a hacerlo. ¿Qué esperaba yo también?, ¿que lo dejase pasar sin más?. No tendría que haberse enterado, pero estando al tanto como está, era inevitable que apareciese.

Intento contenerme mientras camino hacia el ascensor, ignorando que camina imitando mis zancadas y mirándome con violencia. Todos se giran a mirar y, por un momento, se hace el silencio en el gran vestíbulo del edificio cuando grito. “¡Ya basta!” No debería haberlo hecho, no quiero llamar la atención, no voy a dejar que me estropee los planes como otras veces. A estas alturas, sé de sobra que de nada sirven los enfrentamientos y los gritos. Pero me crispa. Su mera presencia me crispa. Quiero hacer esto solo. Pero lo haré con él si no queda otro remedio.

Las puertas de uno de los ascensores se abren de par en par y entro, entramos. Nuestras miradas se cruzan en el espejo antes de girarnos para ver cómo las puertas se cierran de nuevo, engulléndonos. El ruido de los trabajadores del banco cesa, dejando paso al pesado zumbido del ascensor. No puedo creer estar haciendo esto. No puedo creer estar haciéndolo con él. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Sabía que sería un ascenso lento, pero no imaginaba que tanto. Siete. Ocho. Nueve. Sé que estoy sudando porque lo miro de reojo y lo veo sudar. Está tan nervioso como yo. Apuesto a que también tiene la lengua seca. Diez. Once. Doce.

No llega al trece. El ascensor se detiene sin previo aviso. La luz parpadea un momento y después, silencio. “Es una señal”, me dice, clavando su mirada en mí. Me giro hacia los botones del ascensor, más por no verle que por averiguar qué sucede. No. No. No. Esto no puede estar pasando. Tengo todo previsto. La sábana plegada espera en la mochila, lo suficientemente grande para que pueda leerse en las fotos. Sólo faltan unos cuantos pisos más. Muévete maldito ascensor, es mi momento. Lo voy a hacer. Lo tengo que hacer. No escucho lo que dice. Hago fuerza para que no consiga girarme cuando me agarra por los hombros, pero cada vez me cuesta más detenerle y el puñetero ascensor sigue sin dar señales de vida.

Me giro de improviso y lo miro de frente. No se lo espera. Llevo demasiado tiempo planeando esto para no tener alternativa. Compruebo una vez más que sigue en mi bolsillo antes de desplegar la pancarta allí mismo, anudándola alrededor del cuello, como una capa. Tiene sus ventajas hacerlo aquí, ahora que lo pienso. Puedo ver cómo queda. Él sigue y sigue, en un tono cada vez más alto, más histérico, su voz se quiebra entre la rabia y la angustia. “No sigas subiendo, aunque el ascensor continúe. Tómalo como una señal, qué más evidencias quieres, esto es una locura, una jodida locura, hay otras formas, podemos intentarlo de nuevo.”

El ascensor continúa estancado, como mi vida. Tengo que ser rápido si quiero hacer esto antes de que me detenga. Veo el miedo en sus ojos cuando saco el arma. Volar habría sido más efectivo, pero así acaba todo, no hay más remedio. Tras el disparo, aún me da tiempo a besarle en el espejo, antes de caer. “Ves cómo podía hacerlo. Ahora escucharán mi causa. Quizá sea el último al que este maldito banco deja en la calle.”


Un hombre se suicida en el ascensor del Banco Pauperis tras ser desahuciado por impago

Según testigos presenciales, entró hablando solo y notablemente desorientado en las oficinas de la sede central

[Ejercicio Taller de Escritura: Escribir un relato con el siguiente supuesto: Un edificio alto, un ascensor, alguien que detestas, el ascensor se detiene y al final hay un beso.]

10/1/16

mes ocho · 2/2 · #12Fotos12Historias [fotografía / ficciones]


Agnieszka

Camina despacio por la calle, con paso firme, pues no quiere resbalar en la pequeña capa de hielo que se ha creado con los cuatro copos de la nevada de anoche. Vaga un poco sin rumbo fijo, tan sólo por el placer de pasear y recibir algún rayo de sol que se escape de entre las nubes. Tiene los ojos empañados en lágrimas, en parte por el frío, en parte por la visión de jóvenes enamorados agarrados de las manos enguantadas.

Andrzej es un hombre ya mayor. Muy mayor. Quizá de los más viejos de la ciudad, de los que aún conservan en su memoria los horrores de una Guerra Mundial. Viste de negro, siempre, desde que era muy joven. Enfundado en un abrigo de paño, con su boina gris, que es la única concesión que hace al color y unos viejos pantalones negros demasiado largos, que esconden sus zapatos, salvo la punta, desgastados desde hace ya demasiados años.

La ciudad ha cambiado mucho en los últimos tiempos, a mejor. Aunque aún quedan reminiscencias de otros tiempos peores. Como algunos jóvenes que no vivieron aquella época y salen a la calle a proclamar consignas que hacen que Andrzej se rebulla dentro de su abrigo y sienta cómo se le eriza el pelo de la nuca. Nuevas lágrimas afloran en sus ojos que enjuaga con un pañuelo de lino blanco, desgastado en las esquinas de tanto uso, con dos iniciales bordadas en hilo rojo. A.I.

No quiere que le vean llorar, así que hace como que mira un escaparate de una joyería, descuidado, pasando sin fijar su mirada por todos los artículos que allí se exponen, variopintos, mezclas de distintas épocas. Relojes, collares, candelabros, colgantes, anillos... Es ahí, en esa pequeña sección, en una bandeja forrada de terciopelo negro donde el corazón le da un vuelco. Siente que las piernas le fallan, y ha de apoyarse en el cristal.

A su mente acuden unos ojos de color azul como el cielo de invierno, cuando no hay nubes que lo tapen, y una sonrisa perfecta, salvo por un diente algo torcido que trata de esconderse en un intento vano. Unas manos heladas, pequeñas, que intentaban calentarse entre las suyas. Un pañuelo que ella sacó de su abrigo, envolviendo algo pequeño y dejándoselo en su bolsillo. Una lágrima solitaria que resbalaba por aquellas mejillas mientras hombres de uniforme tiraban de ella hacia un vagón de tren sin asientos, repleto de gente. Gritos, lloros, ruegos. Un "Te quiero, mi vida", dicho entre susurros, inaudible salvo para él, luchando por arrancarla de un futuro cierto.

Entra en la tienda despacio, bajando los dos escalones con sumo cuidado. La mano apenas puede agarrar el pasamanos debido a su temblor. Una dependiente solícita se acerca a ayudarle y le pregunta qué es lo que desea. Él, sin articular palabra, entre sollozos señala un anillo de mujer de plata, de talla pequeña, con un cristal de Bohemia incrustado. Jamás lo había visto tan brillante, pero lo había reconocido nada más verlo. La dueña de la tienda se lo acerca y él le pide que lea la inscripción que tiene dentro.

"Agnieszka - Andrzej 20/05/1942"

Sale de la tienda sin saber cómo pagará el alquiler ese mes, pero entre sus manos sostiene con extremo cuidado el pañuelo que le dio ella hace tantos años con lo que tenía dentro. El anillo que le había regalado él una semana antes.

- Ya estamos juntos de nuevo Agnieszka. Te quiero.

Fotografía: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]
Texto: Julián Lozano [Cuervajo]
Proyecto: #12Fotos12Historias

7/1/16

mes ocho · 1/2 · #12Fotos12Historias [fotografía / ficciones]


Seguiré caminando

Cuando la ve por primera vez es tan solo un punto oscuro más en el camino. Está a demasiada distancia para distinguirla. La tierra yerma le deja ver a mucha distancia pero son sus ojos los que marcan el límite; ya no ven tanto como acostumbraban. Al menos percibe algo lo suficientemente grande para no tropezar. Va con cuidado desde la última caída, para evitar las piedras.

A medida que se acerca, la distingue más y más, perplejo, dudando al principio. Parece una silla, una simple silla, en mitad del camino. Avanza un poco más rápido para cerciorarse. Después se detiene y entrecierra los ojos para enfocar mejor. No hay duda. Es una silla. Vacía. Busca con sus ojos pisadas alrededor, algo al margen del camino que le indique qué hace allí. Nada. Parece abandonada a su suerte sin más.

Sigue acercándose, pensando quién la habrá dejado allí, tan bien colocada. Parece esperarle. Y a él le duelen demasiado las piernas como para no pensárselo. Está casi al lado ya. Se detiene frente a ella. Gira sobre sí mismo, despacio. Nada. Está tan solo como en el resto del camino. Quiere sentarse. De eso no duda. Duda de la silla. Debe tratarse de una broma. Tan pronto como se deje vencer sobre ella, las patas cederán y rodará por el suelo. Quizá aparezcan entonces los artífices de tan absurda trampa, riendo. Pero mira a un lado y a otro y no parece haber nadie.

Observa la silla sin prisa, la inspecciona, la mueve un poco. Mirando una vez más a su alrededor, decide sentarse. Cierra los ojos a la vez que se acomoda en ella. No recordaba que le doliesen tanto las rodillas. Cuánto tiempo debe llevar caminando. Está agotado y ahora lo percibe, al entrar en contacto con aquella silla que ha aparecido, como por arte de magia, en su camino. Como un tazón de sopa caliente en las noches de frío, como el beso de una madre sobre la herida, la silla le calma. No lo entiende bien pero se deja cuidar por ella. Está solo, parado en mitad de ningún sitio, sentado en aquella silla que siente que no le pertenece y que a la vez le estaba esperando. A él. Por fin. Le hacía falta un jodido descanso.

Pierde la noción del tiempo. Divaga pensado en su suerte, en el camino recorrido, en lo que le ha llevado hasta allí, en todo lo que queda por delante. Minutos, horas, días. El cansancio va remitiendo. De pronto, el viento sopla con fuerza y abre los ojos. Se pone de nuevo en pie. Camina. Lentamente, la silla va quedando atrás. De cuando en cuando, él se gira y se detiene a observarla. No puede evitar sonreír. No tiene sentido. Pero es real, está allí y, en cierto modo, lo ha salvado. Llega un momento en que está demasiado lejos para distinguirla. Vuelve a ser sólo una mancha en el camino. Después, simplemente, desaparece.

Ya no está pero él es capaz de verla, de sentir la calma que le inundó al encontrarla, sólo con cerrar los ojos. Sin acabar de entenderlo y contra toda lógica, sabe que allí seguirá, cuando vuelvan a fallarle las fuerzas.

Hay personas que son esa silla.

Fotografía: Julián Lozano [Cuervajo]
Texto: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]

20/11/15

soy rara [mis cosas]

No puedes saber lo que es hasta que lo vives. Es imposible describirlo con palabras. Te sientes... Viva. Plena. Parte de algo más importante que tú misma. Ser madre es lo mejor que una mujer puede ser en la vida.

Llevas oyéndolo toda tu vida. Más pronto o más tarde, todas las mujeres a tu alrededor pasan a ser llamadas madres. Familiares, amigas... Si te lo dicen con esa vehemencia, ¿cómo puede no ser verdad? ¿Por qué alguien querría perderse por voluntad propia un momento vital tan trascendental?

Porque eres rara.

Esa es la conclusión a la que llegas. O a la que te hacen llegan. Van a escuchar tu discurso, pensado y elaborado durante años. Ese discurso que te ha costado enfrentarte a tus dudas y muchas lágrimas conseguir. Corto, conciso, sólo la punta del iceberg de reflexión, autoafirmación, conciencia y miedo que se esconde detrás. «No quiero ser madre biológica. Hay ya demasiada gente en el mundo.»

¿Ves como eres rara?

Quizá si dejásemos de asumir la inercia como normalidad, lo establecido como correcto, los deseos propios como extrapolables al resto, si yo misma pudiese librarme del peso autoimpuesto de la moral vigente, todo sería más normal de verdad.

Aunque yo qué voy a saber, si soy rara.

19/11/15

este invierno [poemas]

Este desayuno atragantado entre noticias de última hora.
Esta mirada perdida al otro lado de la pantalla.
Esta letanía que ya no sabe si la radio está encendida o apagada.

Me duelen las dos Españas.

Este manojo de penas.
Este espejo que no devuelve la mirada.
Este no ser capaz de entender nada.

Y ya nadie vence ni convence.

Este esfuerzo diario por levantar la alegría.
Estas ganas de esconderse tras las persianas.
Este silencio que repite a gritos palabras desgastadas.

Y más de un millón de cadáveres buscando casa.

No va a ganar la batalla la apatía.
Apretaremos los dientes y regaremos las ganas.
Vendrán nuevas golondrinas
y sonreiremos con la frente alta.

12/10/15

lo que queda [fotografía / poemas]


Los platos en la alacena.
Ese jarrón que te empeñaste en comprar y que era demasiado grande para cualquier rincón de la casa.
Aquel camisón sin estrenar.
Restos de pelos en la cuchilla.
En el cepillo.
En el sumidero.
El bote de gel a medio tapar.
Las fotos que guardaste donde creías que nadie las iba a encontrar.
Las entradas de todos los conciertos.
La servilleta sucia donde te escribió su teléfono.
Lo que habría pasado si hubieses llamado.
Ahí siguen intactos,
esperando,
todos tus recuerdos marchitos.
Tiempo detenido bajo polvo en suspensión.

Y no hay más.
Serán otros los que revisen tus enseres.
Los que vulneren tus secretos.
Los que descubran quién fuiste cuando nadie te miraba.

Somos lo que decidimos guardar en nuestros cajones,
cuando aún creemos que habrá tiempo para ordenar.

11/10/15

mes siete #12Fotos12Historias [fotografía / poemas]


Los platos en la alacena.
Ese jarrón que te empeñaste en comprar y que era demasiado grande para cualquier rincón de la casa.
Aquel camisón sin estrenar.
Restos de pelos en la cuchilla.
En el cepillo.
En el sumidero.
El bote de gel a medio tapar.
Las fotos que guardaste donde creías que nadie las iba a encontrar.
Las entradas de todos los conciertos.
La servilleta sucia donde te escribió su teléfono.
Lo que habría pasado si hubieses llamado.
Ahí siguen intactos,
esperando,
todos tus recuerdos marchitos.
Tiempo detenido bajo polvo en suspensión.

Y no hay más.
Serán otros los que revisen tus enseres.
Los que vulneren tus secretos.
Los que descubran quién fuiste cuando nadie te miraba.

Somos lo que decidimos guardar en nuestros cajones,
cuando aún creemos que habrá tiempo para ordenar.

Fotografía y texto: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]

22/9/15

el miedo del impostor [poemas]

Yo que conozco cada una de mis miserias,
mis bajos instintos,
mis equivocaciones,
mis torpezas,
la tristeza que late baje mi piel
cuando se conjura la tormenta contra mis muros,
lo negro que sé que puede llegar a ser el agujero donde me hundo.
Yo que he mirado a los ojos al monstruo y no he intentado huir.
Yo que he aceptado ser todos mis fracasos...
Cómo no voy a temblar de miedo
cuando la ropa cae y me miras sin máscara.
Sonrío con la sonrisa del impostor,
que espera ser desenmascarado,
y a la vez que nunca acabe el sortilegio
que te hace verme digna de tus días.

16/8/15

tus rutinas [poemas]

Doblo la servilleta con los mismos pliegues exactos con los que lo haces tú,
y la dejo en tu trozo de mesa vacía.

El cojín y la almohada en el lado frío de la cama, el que guarda tu ausencia,
colocados como si aún fueras a recostarte a leer.

Tu cepillo de dientes olvidado en la repisa, lejos del bote donde debería,
pálido reflejo de tu despiste y de tu prisa.

El mando de la tele inerte en el brazo del sofá que mulle tus sueños a deshora.
Tu cerveza favorita llenando el silencio de la nevera sombría.

Tus gestos cuando crees que nadie te mira,
tu despertar perezoso,
tu risa cansada,
tus gemidos ahogados,
tus abrazos incendiando las noches,
tu voz dibujando el surco de los días.

Los fantasmas de tus rutinas ululando a mi melancolía.

Doy un portazo al salir y retumba el eco de lo que soy sin ti.
Hace demasiado tiempo que ésta ya no es mi casa si tú no la habitas.

30/6/15

mes seis #12Fotos12Historias [fotografía / viajes]

El clic

No hay silencio. Tampoco ruido. Un rumor sordo lo llena todo. La luz es tenue. El calor, sofocante. Avanzamos lentamente mientras nos explican el trabajo que hacen allí con los niños. Cualquier enfermo inspira respeto y compasión, pero algo se te agarra fuerte en las entrañas cuando se trata de niños. Y no te suelta.

Apenas sé dónde poner la mirada. La cámara de fotos se vuelve un peso insoportable sobre los hombros. Somos intrusos en este intento de paz. Pongo la tapa al objetivo y sólo observo. Intento sonreír. El fotógrafo desaparece. Sólo queda la persona. Y ese algo agarrado en las entrañas.

Es el niño quien me sonríe primero, señalando la cámara. En brazos de su madre, febril y pequeño, me sonríe. Ella me mira también, buscando una respuesta en mis ojos. Tardo unos instantes en reaccionar. Con timidez, sabiendo la invasión que supone hacer esa foto, enciendo la cámara, enfoco y aprieto lentamente el obturador. La respiración contenida. El rumor sordo. La luz tenue. El calor sofocante. Su dignidad mirando a mi objetivo. Clic.

La sonrisa que me devuelven cuando se reconocen en la pantalla de la cámara. Esa sonrisa es la respuesta. A por qué hago fotos. A por qué estoy en este hospital. A por qué he venido a la India. A por qué no pierdo la fe.

La Humanidad puede salvarse. Vuelvo a creer.



Escrito durante la visita al Hospital de Bathalapalli, de la Fundación Vicente Ferrer, en Anantapur (Andhra Pradesh, India).

Fotografía y texto: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]

18/6/15

yo no soy valiente [viajes / mis cosas]

Yo no soy valiente. Cada viaje es sólo otra forma más de huir. De los demás. De mí misma cuando me vuelvo insoportable. Cuando de tanto darle vueltas a mi realidad, dejo de pensar en la que me rodea. Yo no soy valiente. Porque lo valiente quizá sería quedarse. 

Soy incapaz de enfrentarme a mi realidad pero me puedo enfrentar a otras. En vez de quedarme atascada en lo que no puedo hacer, hago lo que sí puedo. Simplemente. El valor está de más en todo esto. Tras mis decisiones, sólo se esconde el miedo y la firme convicción de que el mundo lo mueven las acciones, no las palabras, ni tan siquiera las ideas.

Una semana en el campus de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur. Con todo mi miedo y mi cámara de fotos. A 8.000 kilómetros de aquí sé que tampoco voy a encontrar lo que busco para encontrar la calma. Pero es algo que sí puedo hacer. Es algo que tengo la suerte de poder hacer. Y voy a aprovecharla. Yo no soy valiente. Valientes son los que me esperan allí.


Hago fotos para encontrar un cierto orden en el desorden que es el mundo.


27/5/15

mes cinco #12Fotos12Historias [fotografía / poemas]


Volver. Siendo otra vistiendo la misma camisa. Desandar el camino que me alejó de quien soy. De quienes fuimos. De este ahora de silencios insoportables. De miedos gritando sin voz. De ganas encerradas como fieras. En esta cárcel en la que nos hemos convertido. Volver. Con lo aprehendido. Con los pies cansados y el alma nueva. Volver. Sabiendo que son mis pasos certeros los que buscan de nuevo el camino hacia horizontes conocidos. Volver al yo que fui contigo.

Fotografía y texto: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]

29/4/15

mes cuatro #12Fotos12Historias [fotografía / poemas]


Soy todas mis dudas y un montón de miedo.

He soñado que salía con calcetines de lana y tacones a la calle,
y eso era lo raro,
no que caminase desnuda con los brazos en alto.

Me he preguntado por qué tantas veces
que he olvidado a qué le quería buscar un porqué.
O a quién. Siempre es a mí.

Siempre soy yo. Caminando en círculos. Siempre soy yo.
Yo y mi miedo. A perderlo todo. A encontrarme a mí.
Yo y todos los demonios que encierro.

Si supiera escribirlo, no me haría falta buscar la puerta de la jaula.

Fotografía y texto: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]

14/4/15

mes tres #12Fotos12Historias [fotografía / ficciones]


Para que no se olvide

Hoy es una piedra más tan sólo. Un muro gris que se alza anónimo bajo un sol radiante. Radiante y mudo. La hierba sigue creciendo milimétrica e imperceptiblemente. Las primeras flores de la temporada empiezan a hacer su tímida aparición. La Primavera, con esa calmada y provocadora invitación a la alegría.

Es un lugar bonito. Te dejas llevar por la brisa, los rayos de sol y el cielo azul, y lo es. El silencio lo llena todo. Retumba. Una bandada de pájaros lo rompe en el justo momento en el que se vuelve insostenible. Una lágrima resbala por tu mejilla, casi involuntariamente. La angustia sube por tu garganta como una bilis negra que te recuerda dónde estás, que te hace casi oír en mitad de ese silencio atronador los disparos, los cuerpos cayendo inertes contra ese muro gris que hoy es _parece_ una piedra más tan sólo.

Los fusilamientos solamente fueron una forma más en la barbarie que supuso el Holocausto. Quizá la mejor de las muertes allí, si se puede decir eso de alguna de ellas.

Recorrer Auschwitz, tocar sus muros, entrar en sus barracones, en sus letrinas, ver los objetos personales de quienes intentaron mantener su vida y su dignidad cuando los convirtieron en simples números a borrar, estar tan cerca de la fragilidad humana, y del monstruo en el que nos podemos convertir es... Devastador. Incomprensible. Irrespirable.

No ha pasado tanto tiempo. No estamos tan lejos. Nos lo siguen escupiendo los telediarios. Eso es lo que más asusta. Cada vez que los discursos xenófobos avanzan en nuestro mundo y nosotros lo permitimos, nos acercamos un poco más a la barbarie.

Por eso es bueno visitar Auschwitz. Por eso es bueno dejar que la angustia casi nos ahogue. Por eso es bueno volver a llorar esas muertes. Para que no se nos olvide. Para que jamás se repita. Para que sigamos siendo seres humanos.


Fotografía y texto: Asun Martinez Ezketa [Esaotra]

21/2/15

carpe carpe diem [poemas]

Sabes lo que es Carpe Diem la primera vez que le pones a tu padre un pañal. Lo sientes en las entrañas la primera vez que te mira tras hacerlo.

Sabes lo que es Carpe Diem cuando ves familias pidiendo ayuda para poder comer. Lo sientes en las entrañas cuando es la tuya a la que se la prestas.

Sabes lo que es Carpe Diem cuando convives con la miseria en un arrabal cualquiera del mundo. Lo sientes en las entrañas cuando vuelves a tu vida sabiendo lo que dejas allí.

Sabes lo que es Carpe Diem cuando ves un coche destrozado en la cuneta. Lo sientes en las entrañas cuando abrazas a la madre del conductor en su funeral.

Y vosotros llorando por ver marchitar las flores, la lluvia tras el cristal, este frío invierno que no cesa... Dejad de escribir Carpe Diem, poetas, y vivid.

25/1/15

la torre loizaga #visitablogger

Salimos de viaje y enseguida preparamos una lista de todo lo que hay que visitar en el lugar al que vamos. Nos documentamos, leemos la historia de los monumentos, conocemos el entorno... Hasta el último pedrusco sin relevancia mencionado en las guías de viaje acaba inmortalizado en nuestra cámara de fotos. Y sin embargo, muchas veces lo que nos queda cerca de casa se queda sin nuestra atención. Aunque lo que tengamos cerca de casa sea una verdadera joya. 

Esto me ha pasado con la Torre Loizaga. Imperdonable. Pero la suerte ha estado de mi lado, y me ha llevado a visitarla este fin de semana, gracias a la organización de GetxoBlog y a la hospitalidad de María López Tapia de la Vía, sobrina de Miguel de la Vía, a quién le debemos la recuperación de esta torre de defensa del siglo XIV, y las joyas que alberga: Una colección de coches antiguos y clásicos, reconocida como una de las mejores colecciones privadas del mundo.

La Torre Loizaga está en Galdames, en el impresionante marco natural de las Encartaciones, a 30 km. de Bilbao, y se puede visitar los domingos y festivos de 10:00 a 15:00 horas. Si vienes de fuera, es una visita más que recomendable; si eres de aquí, diría que obligada. Y lo digo entonando el mea culpa por haber tardado tanto tiempo en visitarla... No será mi última visita.


14/1/15

tu calma [poemas]

La soledad que devuelven los espejos,
la tristeza que vomitan los diarios,
el tedio de los días de lluvia con paraguas,
esta indiferencia que se lamenta pero no cambia...
Como una sombra negra en las entrañas.

La cabeza que no para,
el qué vendrá después,
el cómo haremos frente a la desgracia,
los porqués que cortan como una daga...
Y esta sombra negra extendiéndose como una plaga.

Se enredan unas noches con otras,
los días se empañan,
ya no sé si el tiempo va demasiado deprisa,
o se estanca...
Y entonces, tu calma.

Tu calma,
como una bandera blanca en el campo de batalla,
como la mano al borde del precipicio,
como el norte de todos mis mapas.